Dilo, dilo otra vez, y aún otra más
que me quieres, aunque esa frase esté duplicada
en tus labios, el canto de tus ojos al mirarme recuerde.
Y no olvides que nunca nuestros atardeceres no llegaron solos
Llegaron con el tiempo, llegaron entre tu y yo
en su entero clamor, sin la voz de un tecero.
Me saluda en las sombras, amada mío, incierta,
esa voz de un espíritu, y en mi duda angustiosa,
grito... Y grito fuerte
¡Ven! ¡Vuelve a decir que me quieres!
¿Como temerle a la oscuridad si nuestro cielo está plagado,
plagado de dulces estrellas y esmponjosas nubes donde dormidos, amada?
Di que me quieres, di que me quieres
renueva el tañido de plata; pero piensa, amada,
en quererme también con el alma, en silencio.
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